Identidad y responsabilidad

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Mis hijos tienen la certeza de que los amo. Se los pregunté esta mañana. Quizás sea porque todos los días los abrazo y les digo precisamente eso. Pero además de mis palabras, ellos también han visto al cabo de varios años que lo que digo va respaldado con lo que hago. Que mis acciones también son movidas por el enorme amor que siento por ellos. 

Aún así, mi amor palidece comparado con el que Dios nos tiene. Tanto así que incluso envió a su hijo a morir por nosotros para darnos vida y con esa nueva vida ser adoptados en su familia. La carta de Pedro es un mensaje a toda voz para los judíos en diáspora. El dice: no están sólos, recuerden que han sido elegidos por Dios para ser su pueblo. Y esas palabras son para nosotros hoy también. 

Mis hijos llevan nuestro apellido, pero aquellos a quien el Señor ha llamado llevan el nombre del eterno. Y junto a esta nueva identidad, nos es dado un amor que nunca se termina y nunca abandona. Un amor en el que podemos confiar plenamente, mucho mas aún de lo que nuestros hijos puedan confiar en nosotros. 

En el Señor, hay raíces de pertenencia eterna y por tanto nunca pasaremos el valle de sombras solos. Dios será la luz resplandeciente en las tinieblas y el resguardo fresco y delicioso en los días de sol. La Biblia nos habla de esto, y la carta de pedro hace un llamado a aprender y descubrir a quien pertenecemos, quien es nuestro Padre, cuál es su historia y como en una misericordia infinita ha puesto nuestro nombre en su libro. 

La carta es también un llamado a entender que esta nueva identidad tiene también responsabilidades. Y es aquí donde a veces nos confundimos. Aún cuando Dios no necesita de nosotros, su amor nos muestra que existe responsabilidad y disciplina. En verdad, el amor es disciplina, y en respuesta a todo lo que día a día se nos entrega, hay una imperiosa necesidad de complacerle. Nuestra respuesta no es una obligación sino un deleite. 

Conversaba con alguien esta semana que me decía que algunos sistemas educativos extranjeros, determinan si los niños deben o no ir a la universidad. Me decía que si un niño que cursa séptimo no se esfuerza, no trabaja, no cumple, o no se ve con el interés académico necesario, entonces se les dice a los padres que se le enviará a un colegio técnico donde aprenderá un oficio para poder ganarse la vida más tarde. Este proceso de selección, me decía, le resultaba injusto. 

Por mi parte pensaba que no era injusto. En esa gratuidad había una responsabilidad del estudiante a demostrar su deseo de aprender. Al final, no eran los profesores o el sistema educativo quienes no pagaban por una carrera universitaria, era el estudiante que posiblemente no tenía interés de estudiar algo académico y aún así tenía la oportunidad de aprender algo que le permitiera ganarse la vida. 

En el caso del cristiano, hay una respuesta esperada del corazón que se entrega a Dios. Un deseo de complacerle y hacer lo que el pide. No por que sea un deber, al contrario, porque hay un deseo grande de hacer lo que sea necesario para adorarle. Podemos por ello, como dice Pedro en la carta, ser Santos, pensando y comportándonos como Él, aún cuando nos cueste hacerlo.

Y este deseo comienza, dice Pedro, en la mente. “… dispónganse para actuar con inteligencia.” v. 13 y no seguir actuando en la ignorancia v.14 pues una vez que se conoció la luz, no debieramos tratar de regresar a la oscuridad. La lógica es muy clara, pero nuestra condición pecaminosa nos impulsa a lo malo. Sin embargo, tal como un padre amando a sus hijos los disciplina y les enseña, así nuestro padre Santo, nos santifica, y nos hace día a día más como él. 

Cultivemos esa relación día tras día. Conversemos a diario con Él y aprendamos más y más de el Dios a quien pertenecemos y con quien estaremos toda la eternidad. Como  niños corramos a él en los problemas y en las alegrías. Digamósle y mostremos con acciones y palabras cuanto le amamos y gocémonos de saber que estaremos juntos desde ahora y hasta la eternidad. 

IPA
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